por Lefteris Becerra
Entre el 10 y el 14 de junio, se celebró en Tepoztlán, Morelos, la tercera edición del Festival de la memoria, dedicado al documental iberoamericano. Su selección oficial estuvo integrada por 36 trabajos de 14 países involucrados en su producción, divididos en tres categorías: memoria, identidad y arte. Diferido por la emergencia sanitaria decretada por el pelele en turno, el Festival de la memoria recortó sus días y su programa. A pesar de ello, el público pudo acceder a ese espejo memorioso que es el documental, esta es una breve crónica de nuestro paso por él.
10 de junio, día 1
La inauguración del festival de documental iberoamericano cae justo en esta fecha emblemática de la historia de la represión del Estado sobre los ciudadanos mexicanos, a 38 años de la matanza del jueves de Corpus en la capital de la república. Por fin llega a las pantallas de Tepoztlán un festín de imágenes documentales que prometen reflejar las diversas realidades que se mueven en el imaginario de cineastas nacionales y extranjeros. Para la ceremonia con la que inicia de manera oficial el Festival de la memoria, se proyecta El Látigo película mexicana de 1938 dirigida, escrita, editada y actuada —para la que también compuso la canción que le canta Látigo a su enamorada— por el polifacético José Bohr, creador de origen alemán, fundamental en la historia del nuestro cine. El filme de Bohr es de ficción, una especie de western, que se eligió debido a que fue rodado en Tepoztlán, lo cual le otorga una dimensión documental relevante para advertir el paso del tiempo sobre este lugar. El auditorio Ilhuicalli estaba lleno, no había espacios libres, la comunidad acudió a la cita y confirmó con expresiones de sorpresa las vistas de su poblado al pie del Tepozteco. Sentado en una fila de personas mayores que se deleitaban en la identificación de calles y edificaciones que se sucedían, miré con deleite esta historia del bandido carismático que roba a los ricos para repartir entre los pobres el dinero que obtiene junto a sus secuaces. El registro de los lugares filmados y de la historia son un fiel reflejo de un mundo idílico, un tanto ingenuo si se le contrasta con la realidad actual, un interesante referente para ubicar la dimensión del retroceso que ha padecido nuestra sociedad.
11 de junio, día 2
El programa anuncia la continuación de las proyecciones desde las once de la mañana y hasta las 21 horas. Tuve oportunidad de ver las seis películas exhibidas en el auditorio Ilhuicalli más otra en una de las sedes alternas, comenzando por Historias cruzadas de Brasil, un retrato de la vida y obra del cineasta Joaquim Pedro de Andrade realizado por su hija Alice de Andrade. La figura de este realizador es relevante para la historia del cine brasileño toda vez que formó parte, junto con Glauber Rocha, Nelson Pereira dos Santos y Carlos Diegues, de ese movimiento renovador que fue el cinema novo, cuyo lema inspira muchas de las producciones que serán vistas en este festival: “una cámara en la mano y una idea en la cabeza”.
Después de esta notable producción brasileña, la memoria viva de la guerra del Estado guatemalteco sobre la población maya de esa nación centroamericana, que da paso a tres películas mexicanas, la primera sobre la compleja realidad lingüística de la mixteca oaxaqueña, la segunda una ventana abierta por dos jóvenes realizadores suizos sobre el barrio bravo de Tepito en la capital y la tercera un notable homenaje a la poesía de Octavio Paz aderezado con testimonios del propio poeta, entrevistas a especialistas y colegas del escritor entre las que destaca el momento en el que Alberto Blanco hace notar la calidad de las líneas del poema “Madrigal”, lo que da pie al recordatorio de aquella definición de la poesía que daba Paz: poesía es la palabra erguida. El viento ha entrado en la arboleda: Octavio Paz, poeta es una producción para el Canal 22 que cumple con la virtud de ese medio, ofrecer a un público amplio una muestra significativa de la labor poética del mexicano, un buen estímulo para leer y darle vuelta a las páginas de sus libros.
Este segundo día terminó con dos documentales sobre Chile: El diario de Agustín dirigido por Ignacio Agüero en el que se nos presenta el caso de El Mercurio, periódico que fue pieza fundamental en el soporte de la dictadura pinochetista, desde la preparación del golpe hasta el encubrimiento de los crímenes contra la humanidad perpetrados por el dictador de execrable memoria. Espléndido trabajo que arma su discurso a partir de la fotografía de una pancarta escrita por los estudiantes chilenos que tomaron la Universidad a finales de la década de 1960: “Chileno: El Mercurio miente”. Agüero demuestra que la memoria que no olvida es capaz de convertirse en ese tribunal que sustituye la incapacidad y la complicidad criminal de los gobiernos actuales con los asesinos y ladrones de antes para llamar a cuentas, en este caso, a un periódico que “desinformó, ocultó información y promovió la violación de los derechos humanos”. Cómo olvidar el papel ominoso de la mayoría de los medios de comunicación mexicanos antes y ahora, puntales de un régimen oprobioso experto en robar, despojar, asesinar, encarcelar, en suma, imponer el interés de pocos a todos sin importar los medios para conseguirlo. Esta operación es natural cuando se observa lo que acontece en un país como Chile, uno se vuelve sobre sí mismo, sobre su historia, este es uno de los valores mayores del Festival, la memoria provoca un eco que termina en uno mismo, como individuo, como parte de una sociedad, de una historia mayor, nacional, continental, humana. Son las capas concéntricas del eco de la memoria que va de una a otra y de regreso.
La segunda película sobre el caso chileno y que cerró el día fue el registro de un hecho que provocó un pinchazo profundo en la emoción de quienes lo vimos: La funa de Víctor Jara. Producción española que explica lo que es la funa: “denunciar públicamente a los asesinos y torturadores del régimen de Pinochet.” Un grupo de jóvenes se organizan bajo el nombre de la Comisión de la funa para descubrir las identidades y las direcciones donde viven y trabajan quienes ejecutaron los crímenes del pinochetismo, el terrorismo de Estado. Víctor Jara fue asesinado, como tantos otros, en los días que siguieron al infausto 11 de septiembre de 1973. La identidad de uno de sus principales asesinos es la de Edwin Dimter Bianchi y el documental reconstruye en voz de uno de los testigos que estaba preso junto a otros cientos, los últimos momentos en que fue visto el cantante en el estadio convertido en prisión. Después, los miembros de la comisión acuden al trabajo de Bianchi y lo confrontan. En su cara le grita una multitud “¡asesino!” a lo que el tipejo sólo puede oponer una pataleta infantil que lo reduce a una miseria mayor. A falta de justicia, esto es lo que un sector agraviado del pueblo chileno opera. Y no es una cuestión menor. Como se detalla al inicio del documental en el que vemos la funa de otro personaje sombrío, la funa tiene un eco social, una respuesta comunitaria: los vecinos recogen firmas para que el asesino en cuestión sea expulsado de la comunidad, en la tienda no le venden el pan, el cartero no le deja la correspondencia, los corren del trabajo y una pesada sombra transforma su plácida existencia instalada en la impunidad en una pesadilla en la que se ven forzados a confrontarse con su pasado. Después del zafarrancho en la oficina de Bianchi, los funistas bajan a la calle, rodean el Ministerio del trabajo en el que laboraba el asesino y con megáfono denuncian, desenmascaran al criminal. Para cerrar, se escucha en la voz de Jara su canción “El derecho de vivir en paz” y se revive el dolor, muchos no pueden contener las lágrimas mientras cantan y terminada la proyección un silencio doloroso sume a los espectadores en sí mismos.
Algo más importante que las emociones deja sembrado el documental. Y es que aunque las acciones de la funa puedan parecer poca cosa respecto de lo que la justicia podría hacer encarcelando a los asesinos, es notable y muy significativo el esfuerzo organizado. En términos de movilización social estamos ante una acción organizada que supera a las marchas a las que estamos acostumbrados en México. La Comisión de la funa, está lejos del infantilismo de nuestra oposición que no puede rebasar desde hace décadas la estéril exigencia cuya expresión emblemática son las marchas. La memoria, conciencia del pasado, también deviene motor de la acción del futuro.
12 de junio, día 3
Asistí a la proyección de cinco películas en el auditorio desde las 11 de la mañana, todos centrados en historias ocurridas en México, el más notable de los cuales fue un ex-voto fílmico del director Diego Rivera Kohn. Ex-voto para tres ánimas, un trabajo documental de carácter experimental que intenta tres ex-votos para tres personas que por su mediación solicitan un favor o agradecen un milagro. Lo notable no sólo es la propuesta de usar al cine como medio de petición a la divinidad, sino la forma en que está hecho, basado casi exclusivamente en imágenes de alta calidad estética acompañados de un trabajo en la banda sonora notable, que subraya la trascendencia de la imagen y el carácter religioso de lo que presenciamos. Quizá el único desacierto consiste en el registro del audio de uno de los personajes que nos explica cómo es que salió del quirófano con vida, lo que rompe con la apuesta radical que el resto de la película mantiene de manera muy notable, trabajo único en la filmografía mexicana reciente.
Tras estos cinco documentales sobre México, miré otro de Juan Luis Buñuel sobre la celebración de la semana santa en Calanda, una vuelta a su primer documental realizado 40 años atrás en el mismo sitio —lugar de nacimiento de su padre, el cineasta surrealista Luis Buñuel— y sobre el mismo hecho, el romper batiente de los tambores durante 24 horas continuas, a lo que el propio Luis Buñuel dedicó un capítulo breve al comienzo de su autobiografía Mi último suspiro. Tras esta proyección, asistí al breve homenaje rendido a dos documentalistas cubanos señeros en el panorama de la isla caribeña y del cine latinoamericano: Sara Gómez y Santiago Álvarez. De éste se proyectó el corto Now (1964) considerado un antecedente del lenguaje del video musical, orienta su discurso contra el racismo que entonces prevalecía en Estados Unidos, mientras que de Gómez pudimos observar Y tenemos sabor (1967), 30 minutos dedicados a explorar los instrumentos musicales característicos de Cuba, puro sabor tropical.
13 de junio, día 4
A la misma hora de la mañana, iniciaron las proyecciones, la primera del día fue una peculiar cinta mexicana grabada en un campo de refugiados de la República Árabe Saharaui, sitio que lleva el singular nombre de La Nada y que está en pleno desierto del Sahara. Dicha república es la única de lengua española en el contexto de África del norte y como la mayoría de los asistentes me enteré de su existencia y de su drama respecto del despojo que padecen de su territorio por parte de Marruecos, al ver el documental. El acontecer cotidiano y el referente histórico de su despojo es narrado casi por entero por niños de la comunidad y cada capítulo es presentado con una animación de dibujos realizados por estos mismos infantes. Al final de la película, estuvo presente el director Luis Mariano Bouchot y un representante de la embajada saharaui en México para dialogar brevemente con los asistentes.
Y si en Chile el golpe de estado de Pinochet sigue siendo la herida de la que manan documentales que se yerguen contra el olvido, en México tenemos la guerra sucia y el 2 de octubre de 1968. Sobre la primera pudimos observar El crimen de Zacarías Barrientos del francés Ludovic Bonleux que denuncia el asesinato del personaje del título, conocido delator de guerrilleros que después los militares desaparecían y que se convirtió en testigo clave para reconstruir la historia y llamar a cuentas a los responsables de esos crímenes por parte de la extinta fiscalía creada durante el foxismo. Con Nicolás Echeverría presente —fue el caso de muchos directores que dialogaron con el público— se proyectó el cuarto capítulo de su serie televisiva para TVUNAM sobre el movimiento del 68, dedicado éste al 2 de octubre en Tlatelolco. Con muchas entrevistas, el documento padece los lastres de la visión que prevalece sobre los hechos y atribuye a un accidente logístico la matanza, algo que no exculpa la responsabilidad de quienes la perpetraron: el honorable ejército mexicano. Herida que no acaba de cerrar, fue injusto para el trabajo de Echeverría ver sólo una quinta parte de su trabajo. Desespera un poco que los protagonistas entrevistados no acaben por llegar a la conclusión radical que se esperaría: el Estado mexicano es tan fascista como la dictadura más feroz de que se tenga memoria en el continente. Y el presente del verbo ser no es un error de tiempos gramaticales.
Valga como ejemplo de lo anterior Luz Marina, trabajo que trata sobre las mujeres en la sierra de Zongolica, Veracruz, dedicado a la memoria de la anciana Ernestina Ascencio, violada y asesinada, sí, por soldados de nuestro honorable Ejército Mexicano que disfrutan de impunidad pues como se advierte en el filme, se trata de una política de Estado. Es una de las zonas más pobres del país, en la que se padece una feroz violencia de género del que cientos de mujeres han sido víctimas, el feminicidio es allí algo común que los directores Felipe Casanova y Gualberto Díaz denuncian.
A medio día asistí a la charla que ofreció el historiador de cine Eduardo de la Vega Alfaro sobre la cinta El Látigo de José Bohr, en el ex convento de Tepoztlán y volví a ver la cinta, una segunda vista necesaria pues proyectada en una sala más pequeña que el auditorio Ilhuicalli, ahora se podían comprender los diálogos de la película. Una breve reseña de Bohr descubrió al público asistente un personaje fascinante con 14 películas dirigidas en nuestro país, las primeras de las cuales fueron una suerte de parodia del subgénero de gángsters con su dejo de ironía hacia la incompetencia de la policía de entonces…
Pero el broche de oro estaba por venir con el documental de casi dos horas, algo excesivo para un género que no suele rebasar la hora y diez minutos a riesgo de volverse tedioso, Old Man Bebo dirigido por el español Carlos Carcas que retrata la vida y obra del gran pianista cubano Bebo Valdés, que el próximo 9 de octubre cumplirá 91 años. Sin embargo, las dos horas que dura el trabajo de Carcas se van como agua por lo bien contado que está su trabajo y por lo apasionante que resulta conocer la personalidad creativa de Valdés en su contexto social y musical, sin duda uno de los gigantes de la música cubana del siglo pasado así como del presente. Y si dentro de las categorías Memoria e Identidad suelen conocerse historias devastadoras que denuncian una situación de hechos dolorosos —generalmente alguna clase de terrorismo de estado del amplísimo catálogo con que cuentan las naciones del continente—, en la de Arte, al contrario, se muestra con contundencia elocuente, la creatividad que abunda en la región, fuente de luz que es imposible no recibir como la esperanza tan escasa estos días de crisis de todo tipo. Larga vida a Bebo Valdés.
14 de junio, día 5
Sólo pude ver un fragmento de El juez y el general, otro documental chileno-estadounidense que aborda las atrocidades pinochetistas, pero esta vez para descubrir exhumando cadáveres o sacándolos del fondo del mar, que la realidad es mucho peor de lo que ya sabíamos. Me salí antes de que concluyera la proyección para atender una conferencia y la presentación de un par de libros en el espléndido jardín de la librería La sombra del sabino. La charla “la espiritualidad en el cine” fue impartida por Luis García Orso y en ella realizó una especie de resumen del festival al apuntar los principales intereses y temas del cine latinoamericano: la violencia política y los seres marginados. El Festival de la memoria contó con muchos ejemplos de ambas preocupaciones y García Orso señaló que el cine como medio de comunicación es una suerte de comunión, con todo lo espiritual que el concepto evoca, lo que explica el profundo impacto emocional que las imágenes suelen tener en el ánimo de los espectadores. Tras esta charla, se presentaron los libros Placeres en imagen y Abismos de pasión, ambos trabajos colectivos fruto de coloquios dedicados el primero al tema de la sexualidad y el erotismo en la imagen mientras el segundo aborda las relaciones del cine mexicano y el español. No se podía ir de un extremo más espiritual a uno más terrenal, un espectro que muestra la amplitud de miras del Festival, así como del medio que da para las más diversas expresiones.
En la noche asistí a la ceremonia de clausura en la que se premió en la categoría Memoria al exitoso documental de Eugenio Polgovsky Los herederos que aborda una terrible paradoja: la miseria de los niños campesinos de México gracias a los cuales no escasean los productos agrícolas en la república. El ganador de la categoría Identidad fue para la cinta brasileña Me transformé en imagen de Zezinho Yube, mientras que el mejor documental de Arte fue La Colorina de Fernando Guzzoni y Werner Giesen de Chile.
Una de las frases que se incluyeron en el catálogo del Festival pertenece a Montaigne: “la memoria es el único paraíso del que no podemos ser expulsados”. Acaso la memoria cultivada por esta tercera edición no sea lo más cercano a la idea del paraíso que muchos tenemos, pero sin duda hay que alabar el esfuerzo de Alejandra Islas y equipo por estimularla en momentos en que puede convertirse en arma de dignidad y de lucha. Contra el olvido y la indiferencia, esperamos ya la cuarta edición del festival de la memoria.
Nota: agradezco todas las facilidades otorgadas para la realización de esta cobertura a Alejandra Islas y a todo su equipo, en especial a Rogelio Caballero.



